Coaching es sinónimo de acción

Muchos hemos sentido la emoción que desprenden las escenas de las típicas películas sobre equipos, que llegada la competición final y al ir perdiendo, reciben en el descanso la visita de su entrenador en el vestuario y poco a poco se contagian de las palabras motivadoras de su discurso. No les hace falta nada más, sólo palabras. Y, de repente, en tan solo 15 minutos, un espíritu de vencido se vuelve espíritu de vencedor. Parece fácil, sólo palabras, pero en esto como en todo existen unos pocos genios y otros tantos farsantes.

El coaching es una tendencia en crecimiento, que acompaña a directivos y gestores de equipos en un período de transiciones en el entorno socioeconómico, y les ayuda a encaminar sus procesos hacia el éxito. A pesar de sus connotaciones deportivas, el término coach no viene de los entrenadores sino de otra de sus acepciones desde la lengua inglesa: el coche. La función de un coach es, en realidad, la de transportar a las personas del lugar en el que se encuentran actualmente a otro donde quieren llegar. Y, igual que en el coche, es el conductor el responsable del rumbo, así como de las decisiones y consecuencias que deriven del mismo. El coche en sí no es más que una ayuda, una herramienta que nos permite llegar antes a nuestro destino.

Pero, ¿qué hace realmente un coach? La misión del coach no es cosa fácil, precisamente por lo abstracta que resulta. Se suele decir que el coach es el encargado de buscar el camino más eficaz para alcanzar los objetivos fijados usando los propios recursos y habilidades de la persona o personas implicadas en el proceso. Con una definición como esa, parece que quede claro el para qué de un coach, pero menospreciamos el cómo.

Entonces, ¿cómo se hace coaching? Aunque deben conocerse los entresijos del negocio en particular, la misión principal es ayudar al coachee a que se plantee sus soluciones. Y ayudar a encaminarlas. El coach debe ser capaz de proponer la marcha atrás en las calles sin salida, y debe hacerlo con argumentos convincentes. Si no, no va a funcionar. Un cambio de rumbo es más fácil cuando desde dentro se ve que no hay más salida que dar un paso atrás, pero muchas personas o equipos de personas pierden la perspectiva y siguen caminando hacia delante olvidando sus objetivos a largo plazo.

Entonces, antes de estrellarnos contra el muro en mitad de nuestro camino, es cuando debe entrar a la acción el coach o, lo que es lo mismo, la persona que nos facilitará llegar a la conclusión de que las cosas se podrían hacer mejor de lo que las estábamos haciendo. Y está claro que lleva tiempo, pero como dijo Benjamin Franklin: “Dímelo y lo olvidaré, enséñame y lo recordaré, involúcrame y lo aprenderé”. El coach debe meterse en la burbuja de su coachee y entender cómo ve él las cosas desde dentro, pero manteniéndose en una posición externa que le permita ver el conjunto. Y desde ahí, actuar: motivar, cuestionar, interpretar, preguntar, criticar, incidir, explicar, contrastar, activar, innovar, integrar, comprobar y demás verbos que accionen el camino hacia el cambio.

El coach se convierte así en un apoyo que te ayuda a moverte a lo largo del camino. Muchas veces, lo que falta para ponerse en marcha es una mínima motivación, el empujoncito final. Porque, por mucho que cueste creérselo, la solución está siempre en nuestras manos, aunque nunca está de más – y en algunos casos se echaría de menos – que alguien nos dé la confianza necesaria para dar esos primeros pasos.

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